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Manel, el pastor de l’Albère una vida dedicada a la naturaleza y la montaña

En el macizo de las Albères, entre Francia y España, pocos nombres siguen resonando con tanta fuerza como el de Manel, cuyo verdadero nombre era Emmanuel Coste. Nacido en Saint-Martin de l’Albère en 1822, vivió allí toda su vida como pastor antes de fallecer en 1911 a la edad de 90 años.

Su historia va mucho más allá de la de un simple habitante de la montaña. Representa un vínculo profundo, casi fusionado, entre un hombre y su territorio, hecho de respeto, trabajo y transmisión.

Un pastor autodidacta moldeado por la montaña

Manel nunca fue a la escuela y no sabía ni leer ni escribir. Sin embargo, la montaña fue su mayor maestra. Desde niño recorrió las crestas de las Albères, cuidando los rebaños en lugares emblemáticos como el pico del Néoulous o el collado de l’Ouillat.

Con el paso de los años, desarrolló un conocimiento íntimo de su entorno. Observaba los ciclos de la naturaleza, el comportamiento de los animales y las estaciones que transformaban los paisajes. Esta inmersión constante forjó en él una sensibilidad rara, casi artística, hacia la montaña.

El hombre que quería embellecer la naturaleza

Lo que hace a Manel verdaderamente singular es su voluntad no solo de vivir en la naturaleza, sino también de realzarla sin alterarla. Con sus propios ahorros, emprendió obras que hoy forman parte del patrimonio local.

En la fuente del collado de Forcat y más tarde en la fuente de l’Ouillat, transformó espacios enteros alrededor de manantiales naturales. Canalizó el agua, construyó estanques de piedra, instaló mesas y asientos, y transportó él mismo materiales procedentes de las montañas cercanas. Cada lugar se convirtió en un espacio de descanso, contemplación y convivencia en plena montaña.

La fuente de l’Ouillat, apodada la “Reina de las Fuentes”, sigue siendo uno de sus proyectos más emblemáticos y símbolo de su profundo apego a este territorio.

Un reconocimiento tardío pero real

Durante mucho tiempo considerado un simple pastor algo excéntrico, Manel acabó siendo reconocido por su compromiso y su trabajo. A finales del siglo XIX recibió la Medalla de Oro de los Viejos Servidores, una distinción que recompensaba su dedicación excepcional.

Sociedades científicas y locales también se interesaron por sus realizaciones, conscientes del valor patrimonial de su obra en la montaña.

Un legado aún vivo en las Albères

Cuando Manel murió en 1911, una tormenta de nieve cubrió la montaña. Muchos dijeron entonces que las Albères parecían rendirle homenaje.

Todavía hoy, su huella sigue visible en el paisaje. Las fuentes que acondicionó, los árboles que plantó y los lugares que transformó continúan dando testimonio de su paso. Para habitantes y senderistas, Manel sigue siendo una figura viva del macizo.

Un símbolo atemporal del vínculo entre el hombre y la naturaleza

La historia de Manel supera ampliamente la de un pastor del siglo XIX. Habla de la capacidad de un hombre sencillo para transformar su entorno con respeto, pasión e inteligencia intuitiva.

En un mundo donde la naturaleza está más que nunca en el centro de los desafíos contemporáneos, su legado sigue resonando: el de un hombre que eligió servir a la montaña en lugar de sufrirla.